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Santo Domingo de Silos: la Fiesta de los Jefes

La Fiesta de Los Jefes de Santo Domingo de Silos es la primera cita festiva del año en Burgos. Una heterodoxa mezcla de creencias y ritos protagonizan los dos días de celebraciones y rezos.

Claustro románico del Monasterio de Santo Domingo de Silos
Claustro románico del Monasterio de Santo Domingo de Silos

En 2014 la cita con los Jefes de Silos será los días 25 y 26 de enero plantándole cara, de nuevo, al frío transparente y seco de una Castilla invernal que reconoce, en la comarca del Arlanza, la cuadrícula donde nació el condado que acabaría por convertirse, con los siglos, en uno de los reinos más influyentes y temidos del universo medieval.

Ubicado al sureste de la provincia de Burgos, entre las estribaciones occidentales de los Picos de Urbión y la planicie del Duero, Santo Domingo de Silos se pliega sobre sí mismo a los pies de las Peñas de Cervera, en el sur de un quebrado terreno sobre el que se engarzan la sierra y la ribera conformando el espectacular paisaje de escarpes calizos y sabinares tan característico de estas comarcas interiores de la comunidad castellano-leonesa.

Documentada en las postrimerías del XIX, la tradición festiva se perdió hacia finales de los años cincuenta del siglo pasado tras un incendio que devoró las instalaciones municipales y, con ellas, los trajes y otros útiles que se utilizaban para la misma. Fue recuperada hace poco más de un lustro y, como cada año, tiene sus preliminares en el día de Reyes, Epifanía cristiana, cuando en el salón de plenos del ayuntamiento silense se realiza un sorteo para elegir capitán, cuchillón y abanderado de entre los jóvenes vecinos de Silos casados en los últimos trescientos sesenta y cinco días: ellos serán los Jefes de la fiesta en curso.

Todo quedó aquel día listo para que en la mañana del próximo sábado 28 las campanas del templo de San Pedro, conocido también como “la bella escondida”  y situado en la Plaza Mayor, doblen el Angelus, anuncio oficial del comienzo de los festejos.

SIGUIENDO AL ABANDERADO. Es entonces cuando el tamborilero sale a buscar a los Jefes a sus respectivos domicilios seguido por un alegre y ruidoso cortejo. En cada casa se ofrece una copita de moscatel y pastas a los acompañantes antes de continuar el itinerario. Y así hasta tres veces: los elegidos, ataviados con sus casacas azules, las chisteras, bandera y pica, según la indumentaria castrense del siglo XVIII, recorren luego el pueblo rodeados por el jaleo de los más pequeños (disfrazados con pieles de cordero y haciendo sonar grandes cencerros) hasta llegar al monasterio. En un claustro que sólo se abre para la ocasión los Jefes saludan al abad y el abanderado hace ondear su estandarte, movimiento que se repetirá más tarde en la Plaza Mayor, tras la lectura del pregón (en esta edición el pregonero será Alexander Kuznetsov, embajador de la Federación Rusa en España).

La fiesta continúa hacia las cuatro y media de la tarde con la denostada corrida de gallos. Aunque el siglo XXI ha traído cambios sustanciales en el ritual –directamente eliminado en otros festejos similares de la región, como el de las luminarias de San Bartolomé de Pinares, en Ávila, donde ahora se trata de ensartar cintas desde las caballerías-, en Silos “Las Crestas” se realizan con pollos muertos y desangrados, liturgia a la que le sigue la Carrera de San Antón, momento en que los vecinos lanzan sus caballerías por la calle principal del pueblo.

La llegada de la noche traerá el final del baile tradicional que se disfruta en la plaza cuando concluyen las carreras de los caballos y, también, la parte más espectacular de la fiesta: sobre las ocho de la tarde se apaga toda la iluminación artificial del pueblo, que queda sumido en una espesa tiniebla, y se prenden doce hogueras de aliagas estratégicamente ubicadas en el caserío, además de una gran pira en la plaza. Entonces la comitiva, con más de veinte jinetes portando antorchas, recorre por tres veces el laberinto urbano mientras los más jóvenes hacen sonar los cencerros sin parar. El ritual rememora una supuesta gesta, con muchos visos de leyenda sin mayor constatación histórica, según la cual hace siglos los vecinos libraron a Silos del ataque y saqueo de las huestes sarracenas, superiores a ellos en fuerza militar, simulando el incendio del pueblo y la huida en estampida de las reses.

Si el sábado la fiesta bebe en sus orígenes más paganos, el domingo se centra en los actos religiosos, dedicados al recuerdo de las almas de los difuntos locales: el sobrecogedor rosario de las ánimas, con las letanías y desfiles procesionales a redoble de tambor en el interior de un templo sólo iluminado por la vacilante luz de las velas, centra los actos de la tarde tras la matinal entrega de despachos a los jefes. Y la tradicional fiesta concluye a las seis de la tarde, con la comitiva de vuelta en la Plaza Mayor, el desfile de las mujeres de los Jefes ante la bandera y la multitudinaria aclamación a los nombres de Jesús y de María, una devoción de reminiscencias franciscanas.

CLAUSTRO ROMÁNICO. Sin temor a equivocarse se puede afirmar que hubo un antes y un después en Silos tras el éxito que alcanzó la grabación y comercialización, hace unos años, de los cantos gregorianos de los monjes. La visita es, pues, obligada a alguna de las misas cantadas, o en las Vísperas y las Novenas, cuando a la solemne escenografía se le une la oscuridad reinante en el templo. Aunque la verdadera joya del monasterio benedictino continúe siendo su claustro románico, labrado entre los siglos XI y XII por dos artistas anónimos. Alguien escribió que la visita puede ocupar lo que uno quiera: una mañana o toda una vida. El viajero moderno, apremiado por tantas prisas, debe ceñirse a los horarios establecidos y al número limitado de personas por pase, treinta: la visita es guiada, aunque la buena voluntad de los guías no sea capaz de reducir la abismal distancia entre sus explicaciones y la belleza y serenidad que infunden los capiteles y bajorrelieves. Se concluye el recorrido con una ojeada a la antigua botica y al Museo de piezas medievales, un espacio que agrupa algunas piezas capitales como el cáliz de Santo Domingo, de taller mozárabe, o una edición facsímil del Beato de Silos (de finales del s. XI). La sala deja también al descubierto los restos de la primitiva torre del agua.

Del recinto amurallado medieval sólo quedan en pie dos puertas: la de la Calderera y la de San Juan, a través de la que se asciende hasta la ermita del Camino, el mejor lugar para obtener una panorámica de las dimensiones del casco urbano actual. Además, junto al arco de San Juan parte la senda que conduce hacia el desfiladero de La Yecla, una larga grieta abierta en la caliza bajo la que discurre con fuerza en estos días el arroyo del Cauce en su destino hacia el Mataviejas. Será este curso fluvial el que enlace imaginariamente el actual Santo Domingo con las catorce villas que señalara el cronista en los tiempos en que el primer conde independiente de Castilla, Fernán González, restaurara el viejo cenobio de San Sebastián de Silos, germen del monasterio que ha llegado a nuestros días. Hablamos del año 954. No deje el viajero de acercarse hasta ese tiempo perdido por uno de los puntos en que transitaba la calzada romana que unía Clunia con las tierras más al norte, hoy a trasmano de todo: cerca de Barriosuso se levanta la recoleta ermita mozárabe de Santa Cecilia, un mágico umbral hacia el silencio y los altos cielos de la Castilla más primigenia.


 

Más información: Ayuntamiento de Santo Domingo de Silos