Eco-Viajes

Grabado rupestre en el interior de la Cueva de Ardales - Foto Pepo Paz
Grabado rupestre en el interior de la Cueva de Ardales - Foto Pepo Paz

Pedro Cantalejo Duarte es el director de la Red del Patrimonio Prehistórico del Guadalteba. Él nos guió en la visita a la cueva de Ardales, en Málaga. Y recreó, con su profundo conocimiento del tema, los mundos posibles en la cronología del Paleolítico Superior. Sus hallazgos, símbolos y significados a la luz de los conocimientos científicos actuales.

En el interior de la tierra el silencio es tan denso como la misma oscuridad. Y el recuerdo amortigua la percepción de ambos, la endulza, convirtiendo en singular un gesto casi cotidiano en mis viajes en grupo: el de echarme a un lado y buscar la soledad de una plaza desierta, un encuadre diferente o una pregunta tal vez inusitada. Anotar, con la mirada, en la memoria y, con el bolígrafo, en la libreta. Viajar con los cinco sentidos.

 

Hace tan sólo unas semanas tuve la fortuna de poder acceder a las entrañas de la Cueva Prehistórica de Ardales, en Málaga. El reducido grupo gozó con un guía de excepción: Pedro Cantalejo Duarte, quien ha dirigido las sucesivas campañas arqueológicas realizadas en la cueva desde el año 1981. La visita comenzó un buen rato antes en el Centro de Interpretación de la Prehistoria en Guadalteba de Ardales, donde Cantalejo nos explicó los diferentes períodos en los que grupos humanos habitaron en la prehistoria de la comarca y describió, con la precisión del cirujano, la extensa colección de piezas recuperadas en las excavaciones a lo largo de las tres décadas de trabajo en Ardales. Sus usos.

 

Con el entusiasmo (y el convencimiento) de quien ha dedicado media vida a defender la relevancia del legado paleolítico del Guadalteba, sus palabras fueron generando en mí una rara expectación. Pedro Cantalejo nos propuso un juego de convenciones: el de traspasar un umbral (casi mítico) y ser protagonistas, en primera persona, de una especie de salto en el tiempo. Un juego que requería de nuestra complicidad: una semántica de los mundos posibles, como diría mi amigo el novelista Justo Sotelo (doctorado esta misma semana con una tesis sobre la narrativa de Murakami y la interacción entre la realidad, los mundos posibles, el mundo de la ficción y la literatura).

 

Con una linterna en la mano, y bien aleccionados sobre lo que los fotógrafos podíamos y no podíamos hacer (que, en realidad, y dadas las inexistentes fuentes de iluminación en el interior de la gruta subterránea era, más bien, poco o nada), Pedro Cantalejo nos fue desvelando toda su teoría de los mundos posibles en la cronología del Paleolítico Superior, la técnica de la pintura de las manos aerografiadas, el razonable significado de este lenguaje de signos extendido por las cuevas de buena parte del territorio peninsular, las técnicas de iluminación empleadas por los artistas paleolíticos y cómo los arqueólogos han ido extrayendo, del légamo con que los milenios han ido depositándose sobre las diferentes capas, las pruebas de la presencia humana en las cavernas.

 

La parte central de la exploración, a medida que nos fuimos introduciendo en la cueva, se concentra en la zona más profunda, donde se agrupan las representaciones gráficas rupestres, con figuras esquemáticas datadas por los científicos entre 30.000 y 8.000 años de antigüedad. Cantalejo hace de lazarillo a través de las paredes de roca caliza y descubre, ante la impericia de nuestros ojos en la semioscuridad, el gentil trazado de los animales en la pared, el esquicio de un ciervo en carrera sobre la roca. El universo esquematizado de la vida en el Gravetiense...

 

Con todo, el momento más especial de nuestra incursión subterránea lo tuve al quedarme, durante unos largos minutos, solo en el fondo de la caverna, mientras el grupo esperaba a que Gonzalo M. Azumendi -acompañado de una de las guías- acabara de fotografiar uno de aquellos grabados. Fueron unos minutos sumergido en la negra oscuridad, a sólo unos metros de uno de los resquicios en la roca donde poco antes nos habían mostrado los restos de un enterramiento con unas decenas de miles de años de antigüedad. La textura de la negritud sólo rota, a ratos, por el oscilante movimiento de las linternas en la parte alta de la cueva. El espeso silencio del tiempo atrapado en aquellas profundidades quebrado por las voces del grupo que rebotaban a mis espaldas. Una sensación de extrañamiento absoluto en mitad de la quietud.

 

Cuando salimos al exterior, después de hora y media en la cueva de Ardales, el sol se había puesto sobre el horizonte y las luces del ocaso dibujaban un cielo encendido entre rojos y malvas. Un zorro, de pelaje gris, se acercó a unos metros de nuestros coches. Inmóvil en mitad de la pista de tierra observó al curioso grupo surgido de la noche de la tierra y luego siguió su camino monte arriba. Como la vida a nuestros pies, en el valle donde tintineaban las luces de las viviendas aisladas y los reflectores de los molinos eólicos en la distancia.