Eco-Viajes

Este post habla sobre el imparable ascenso de blog y bloggers de viajes, sobre cosas que Pepo Paz preferiria no hacer, sobre contenidos en los blogs, viajes de prensa, originalidad y Paco Nadal, Rafa Pérez y Paco Elvira

Andaba dándole vueltas al tema con el que abrir esta bitácora en Eco-Viajes. Uno, cuando escribe, busca lectores. Pero cuando escribe busca, también, ciertas dosis de originalidad. Sí, ya sé que escribir de viajes está muy trillado. Que hace ya mucho tiempo que se llegó a las fuentes del Nilo. Que sorprende menos una foto de un paisaje tailandés que el de una viejecita enlutada recorriendo las calles de un pueblo de la España profunda (en especial ahora que esa España está ya en nuestras ciudades, sentada al otro lado de la mesa, entre la cuñada y los niños). Que no hay nada nuevo en el horizonte.


Sí, pero aquí estamos, dando tumbos por las cunetas, tomando trenes a deshoras, esperando con inquietud a que nuestra maleta aparezca al fin en la cinta de recogida de equipajes de cualquier aeropuerto (nacional o internacional). Pasando escáners de seguridad, picando billetes, degustando platos indefinibles y doblando esquinas con la esperanza de ver aparecer ante nuestros ojos la imagen que convierta el viaje en una sorpresa. Algo diferente que contar a nuestros seguidores (si los hay).

Siempre me he sentido un poco como un bicho raro. Llevo colaborando en prensa de viajes desde el año 98. La mayoría de esos viajes por España los he costeado con cargo a mis bolsillos y a las colaboraciones que mantenía en prensa y que me han permitido ir sobreviviendo, mal que bien, agostando mi economía y mis esperanzas. Con todo, no repudié nunca los viajes de prensa (benditos trip press que me permitieron estrechar la mano de Papa Noel en Laponia y subir –con ayuda de mis manos y pies- las milenarias pirámides aztecas del Yucatán). No morderé la mano del que me hizo viajar tan lejos.

Pero en todo este tiempo he admirado, por encima de todo, aquella estirpe de periodistas-escritores-fotógrafos que preferían vivir por su cuenta tres meses en la India, o perderse por el noreste de Brasil, que quedarse de brazos cruzados en el Madrid de los Austrias a la espera de la invitación de turno. Y lo hacían por dos razones: porque les salía más barato vivir allí que acá y, sobre todo, porque luego eran capaces de mostrarnos, desde la ventana de una revista o de un suplemento semanal, experiencias únicas en el tiempo que nadie más podía contarnos y compartir. Sana envidia.

Viajar por tu cuenta es un oficio arriesgado. Un oficio para viajeros solitarios, impenitentes curiosos que no entienden de coolpackers, tendencias, suplementos dominicales o inauguraciones. Para amantes de las personas, de los paisajes con niebla y de la luz. Viajar por tu cuenta es, en cierta medida, un arte del redescubrimiento. Con todos sus riesgos.

En fin, todo esto viene a cuento de lo que contaba en el primer párrafo: andaba dándole vueltas a qué tema iba a elegir para echar a andar con esta bitácora y, husmeando por la Red, me he tropezado con una foto que ejemplifica el imparable ascenso de los blogs y los bloggeros de viaje. Cosas que preferiría no hacer. Ahí les dejo los enlaces, juzguen ustedes, todopoderosos usuarios: a fin de cuentas son los nuevos amos del chiringuito.

El blog de Paco Nadal

El blog de Rafa Pérez


El blog de Paco Elvira