Eco-Viajes

"Melancholia" es un planeta suicida. También es el último trabajo del polémico Lars Von Trier. Una de las más bellas películas de la última década, repleta de evocadoras imágenes que rinden tributo a Buñuel, a Goya, a Shakespeare, y a otros tantos creadores.
Melancholia, de Lars Von Trier, es una de las películas que más me ha conmovido en los últimos tiempos. Es cierto que tiene una más que cuidada puesta en escena que puede resultar artificiosa, pero como dijo Theo Angelopoulos “quien no entiende el arte, no entiende la vida”. Dividida en tres partes, el prólogo es casi un homenaje a Luis Buñuel, a través de muchos de los elementos que el director aragonés empleó en su cine, entre ellos, la elección como parte de la banda sonora del preludio de Tristán e Isolda de Richard Wagner. Buñuel había incorporado esa música a su cortometraje Un perro andaluz (1929), aunque lo hizo tres décadas después de su estreno. En un trabajo posterior, La edad de oro (1930), de nuevo, casi de manera obsesiva, empleó la ópera wagneriana; impresionante la confluencia entre el momento álgido de Tristán e Isolda y la declaración de los amantes del mediometraje buñueliano, que extasiados exclaman “¡Qué felicidad, al fin, al fin, hemos matado a nuestros hijos!”.

También encontramos alusiones estéticas (ver cartel arriba) relacionadas con el célebre drama de William Shakespeare: Hamlet. Si bien el spleen del desdichado príncipe danés era voluntario, el de la hermosa doncella Ofelia se da casi por mimetismo. Una imagen, la de la joven suicida flotando en el agua, que obsesiona  a Lars Von Trier. Un motivo recurrente en la filmografía del realizador danés, como se vio en Dogville (2003).


Cartel de Dogville con Nicole Kidman. Dos representaciones de Ofelia: Millais (centro) Odilon Redon (dcha.)

Volviendo a Buñuel, Melancholia es un trabajo heredero del surrealismo en el sentido de que Von Trier se identifica con el mensaje del director aragonés acerca de "destruir el orden simbólico” por considerarlo una construcción imaginaria. De esta manera el danés se enfrenta –siguiendo el programa surrealista- a toda represión, y dado que “el orden es represión”, opta por ir contra todo orden sirviéndose “de toda manifestación pulsional, primaria, violenta y destructiva”. Esta cuestión teórica se traduce en imágenes como el plano en el que Justine (Kirsten Dunst) vestida de novia trata de huir por el bosque, pese a que unas densas hebras de lana gris –cual tirantes ataduras- se lo impidan. En El perro andaluz, de Buñuel, uno de sus protagonistas también intenta avanzar –no sin gran dificultad-, mientras ha de tirar de unas cuerdas atadas a dos pianos, que a su vez arrastran a unos curas. 




Arriba: Fotograma de Melancholia con Justine (Kirsten Dunst). Abajo: tres planos de El perro andaluz, de Buñuel

Los manifiestos surrealistas elaborados en Francia cuentan con una base más racional, más cartesiana que la española. En nuestro país es una corriente con profundo arraigo desde hace mucho tiempo. El propio Buñuel es heredero de Goya. Una vez más, en Melancholia nos encontramos con una imagen muy potente –la de Claire llevando a su hijo en brazos mientras sus piernas se hunden en un campo de golf- que remite a una de las pinturas negras más brutales del pintor aragonés, conocida como Duelo a garrotazos, en la que dos hombres se pelean mientras sus extremidades inferiores permanecen hundidas en la tierra.


Claire (Charlotte Gainsbourg) en Melancholia, y Duelo a garrotazos, de Francisco de Goya

Otro punto de conexión más entre Von Trier y Buñuel: ambos comparten fascinación por la obra del Marqués de Sade. Justine (o los infortunios de la virtud) no sólo es la novela más conocida del autor francés, también es el nombre de la protagonista de la película que hoy nos ocupa (papel que interpreta Kirsten Dunst). El realizador danés también se refiere, de manera indirecta, a la Justine de Lawrence Durrell, y al otro importante pilar femenino de la tetralogía durreliana, Clea (que a su vez podría corresponder a la Claire de Von Trier).

El influjo del planeta Melancholia trastorna a Justine de igual modo que la Luna lo hace con la princesa Salomé en la tragedia de Oscar Wilde, a la que empuja a provocar la desgracia de Juan el bautista. Hay un paralelismo: la hijastra de Herodes Antipas es una lunática, de igual modo que Justine es una melancólica. Respecto al planeta en sí, más allá de la ciencia ficción, podría sugerirse que esta esfera cósmica que ha permanecido oculta representa una tercera opción conductual diferente a la heroica y viril –que representa el Sol-, y diferente a la tradicionalmente femenina y sumisa –que representa la Luna- que gira en torno a otros cuerpos celestes y brilla sin luz propia gracias a los rayos solares. Esa tercera vía conductual es el futuro. Melancholia es una promesa que se identifica con Justine, una mujer libre, que rompe con el orden simbólico establecido –en el sentido buñueliano que antes contemplábamos-. La identificación llega a tal punto que el planeta Melancholia “planea suicidarse” de igual modo que Justine tiene la visión de que es Ofelia, la joven cuyo cuerpo inerte flota en el agua, rodeado de flores.




Arriba: Fotograma de Melancholia y cartel de Salomé (con la actriz Nazimova), película de 1923 de Charles Bryant. Abajo, Salomé de Takayoshi Sato, el cuadro de Bellini Fortuna-Melancolía y el grabado de Durero, Melancolía