Eco-Viajes

Pronto saldrá a la venta La invención de Hugo. Su director, Martin Scorsese se ha servido de las últimas tecnologías en el cine para crear magia en 3-D. Un autómata se lleva el protagonismo. Veremos qué otros autómatas se han colado en la pantalla grande, con especial atención al juguete antropomórfico que creo Juanelo Turriano en Toledo.
La invención de Hugo, la última película de Martin Scorsese, ha recuperado la "línea mágica" en el cine, una corriente que quedó relegada por la fuerza del realismo narrativo dominante en su historia. Hace un siglo, la llamada "fábrica de sueños" inició una andadura por un camino bifurcado, plasmando por un lado el "verismo" de la llegada de un tren a la estación o la salida de los trabajadores de una fábrica, y poco después, imaginando viajes a la Luna y expediciones al fondo del mar, como demuestran los trabajos de Georges Méliès o del español Segundo de Chomón.

Durante un tiempo esa "línea mágica" pareció perderse, sin embargo, en las últimas décadas se puede rastrear en películas de autores como Tim Burton (Beetlejuice, Eduardo Manostijeras, Mars Attacks!, etc.) y como J. Pierre Jeunet (Delicatessen, Amelie). Scorsese, en su último trabajo no sólo da continuidad a esa línea, sino que realiza homenajes explícitos a alquimistas de las imágenes como Harold Lloyd, G. Méliès, Ch. Chaplin y D.W. Griffith, entre otros.



Imagen recreada por Scorsese como homenaje a Meliès. A la dcha. El director muestra el truco que debió emplear el maestro francés: una pecera delante de las actrices-sirenas. 

Scorsese "da vida" al último de los autómatas llegados al cine. Se trata del homúnculo mecánico que reconstruye el niño Hugo Cabret –protagonista de su última cinta-. Hugo es un personaje –un huérfano que vive en el París de los años 30- creado por el escritor e ilustrador Brian Selznick, que se inspiró a su vez en el libro La Eva de Edison de Gaby Wood, que describía la colección de autómatas que había pertenecido a Méliès.

El Séptimo Arte ha mostrado criaturas artificiales como robots y replicantes, sin embargo el ser retratado por Scorsese es producto de la mecánica -ajeno a los avances electrónicos- y diseñado para llevar a cabo una función concreta: escribir.  A lo largo de la historia del cine encontramos otros juguetes antropomorfos inspirados en el Ars Mechanicae, como El turco, jugador de ajedrez del film Jaque a la reina (R. Bernard, 1926 y J. Dréville, 1938), la Olimpia de Los Cuentos de Hoffman (M. Powell y E. Pressburger, 1951) y de Casanova (F. Fellini, 1976), el genio Zoltar que predice el futuro en Big (P. Marshall,1988), el coro de autómatas en La Huella (J.L. Mankiewicz,1972), y los juguetes de J.F. Sebastian, en Blade Runner (R. Scott, 1982).



El turco en Jaque a la reina (J. Dréville,1938) y el autómata marinero en La Huella (Mankiewicz,1972)



Olimpia en Los cuentos de Hoffman (Powell y Pressburger 1951) y en Casanova ( Fellini, 1976)



Blade Runner: el ingeniero J.F. Sebastian, la replicante Pris y el bufón autómata. A la dcha, el genio Zoltar en Big (1988) (“quiero ser mayor”, dice el niño antes de convertirse en el adulto Tom Hanks)

La Olimpia de Hoffman es un punto de partida importante respecto a los mecanos tenebrosos. Su libro El hombre de arena (1817) es el reflejo de una época en la que convive la incipiente revolución industrial con el movimiento romántico. El siglo XX aportará el surrealismo y el fetichismo de autores como Buñuel y Fellini, así como  androides, ciborgs, etc. Sin embargo, mirando atrás -no tanto como para remontarnos a Pigmalion, el mítico rey de Chipre-, los autómatas vivieron una especie de Edad de oro en el siglo XVIII, en torno a la filosofía maquinista de la Ilustración. Su construcción se llevaba a cabo con la precisión de los mejores maestros relojeros. En España se tienen noticias de autómatas desde el Renacimiento. Un ingeniero y relojero italiano, Gianello Torriani (Juanelo Turriano era su nombre castellanizado), que trabajaba a las órdenes de Carlos V, construyó "el hombre de palo", una criatura hecha de madera que "recorría" las calles de Toledo "pidiendo" limosna. Lógicamente, he entrecomillado las acciones que se le atribuyen a esta criatura, cuyas hechuras, por otra parte, debían ser parecidas –aunque en un tamaño superior- a las del Pinocho de Carlo Collodi (1882). En El Rastro de Madrid encontramos una calle con el nombre del ingeniero, y en Toledo, otra, denominada El hombre de palo. Está situada junto a la catedral y la leyenda cuenta que por allí "paseaba el autómata de madera ante el asombro y la perplejidad de la muchedumbre".


Placa de la calle en el Rastro, Madrid. Ilustración de Chiostri (1901) para Las aventuras de Pinocchio  y placa de la calle El hombre de palo, en Toledo. (Fotos: Sonia Sánchez Recio).

Además del hombre de palo, Turriano construyó un artificio hidráulico que permitía subir agua desde el río Tajo hasta el Alcázar de Toledo. Situado por encima del cauce fluvial constaba de un engranaje provisto de una especie de "cubetas" que se iban pasando el agua hasta salvar el desnivel. Funcionó con dificultad hasta mediados del siglo XVII. Por encargo de Felipe II construyó un segundo ingenio hidráulico, sin embargo, a finales del siglo XIX prácticamente ya no quedaban restos arquitectónicos. Para ampliar información, puede consultarse la web de la Fundación Juanelo Turriano.

Merece la pena darse una vuelta por Toledo y hacer esta "ruta turriana".


Maqueta que reconstruye el ingenio (Diputación Provincial de Toledo). A la dcha., aspecto actual de la zona en la que se situó el artificio de Turriano (Fotos: Sonia Sánchez Recio)