Eco-Viajes

Paisaje de Ríomalo de Abajo, en Las Hurdes. Foto de Pepo Paz
Paisaje de Ríomalo de Abajo, en Las Hurdes. Foto de Pepo Paz
Unamuno, como Buñuel, autor del documental "Tierra sin pan", como Antonio Ferres o Armando López Salinas, entre otros, visitó Las Hurdes, esa comarca de Extremadura que fue símbolo de pobreza hasta hace poco más de medio siglo y que hoy es un conjunto de pueblos irreconocibles: por sus dotaciones, por sus servicios, por su modernización. Del viaje de Unamuno, en 1914, trata este post.
En 1920, Miguel de Unamuno publicaba un libro esencial en su obra: Andanzas y visiones españolas. Recogía en él una extensa colección de artículos y trabajos publicados casi todos, en los diarios La Nación, de Buenos Aires, y El imparcial, de Madrid, entre 1911 y el año antes mencionado. Todos ellos eran consecuencia de viajes, de caminatas, de paseos y estancias por las más diversas ciudades y parajes de la Península (también alude a ciudades y paisajes de Portugal). En ese libro, uno de los textos alude a unas tierras y unas gentes perdidas en el corazón de España. "Las Hurdes" es el título que preside el relato de un recorrido por aquellas tierras llevado a cabo nada menos que en 1914.





Unamuno, acompañado de Jacques Chevalier, profesor del Liceo de Lyon, y del periodista y cronista viajero, también francés, Maurice Legendre, recorre Las Hurdes entrando por El Casar de Palomeros y saliendo por el pueblo de Las Mestas. A lo largo de veinte páginas, el escritor salmantino nos conduce por unos parajes que parecen situados al otro lado del  tiempo (y eso que estamos hablando de 1914). Es un viaje a pie por trochas de ganado y viejos caminos rurales que, antes de El Casar, tiene su punto de partida, fuera de Las Hurdes, en Aldeanueva del Camino. Don Miguel se siente deslumbrado por la belleza algo salvaje de aquellos escenarios, contempla la obra del hombre, basada en una precaria agricultura de supervivencia, y tiene una mirada solidaria y compasiva (todo lo contrario de lo que advertimos, en  el Viaje a la Alcarria, en la mirada de Cela) con las gentes con las que se cruza. Llegan a El Casar cuando ya es noche cerrada.





El Casar le sorprende: afirma que tiene dos médicos y dos "fábricas de luz", que no es mal lugar para descansar, y conversa con el maestro (don Feliciano Abad), que le dibuja un croquis para continuar la marcha. Después de dejar El Casar, Unamuno se siente de manera plena en Las Hurdes: "lejos del mundo bullanguero,  siguiendo lo que dice el agua que canta al pie de las montañas peladas, vestidas no más que de brezo, helecho y matorrales bajos".  El escritor y compañía visitarán Pinofranqueado, La Muela, El Robledo, Las Erías, Horcajo, Fragosa, Ríomalo de Arriba, el Cabezo….





Unamuno se nos muestra aquí como un gran cultivador de la literatura viajera (escribió, aparte de este Andanzas, algunos otros libros de este tenor). Su palabra, seca y, a la vez, llena de vibraciones poéticas (aunque parezcan calidades contradictorias), avanza sobre dos ejes: la descripción del paisaje, en la que brillan de manera especial los nombres de los más diversos elementos de la naturaleza, nombres algunos hoy desaparecidos o apenas utilizados: la jara, el torvisco, el lentisco y la retama son algunas muestras de las plantas que ve en el camino; las aguas de sus ríos forman "arribes, hoces y encañadas", el cielo es "limpidísimo", hay, en Las Erías, pero también en el resto de los pueblos hurdanos, "callejuelas escabrosas junto a corralillos enanos". Las piedras, las encinas, el "cadáver, el esqueleto de un árbol", las "barrancas", son elementos que constituyen el paisaje, pero son, también, elementos vivos junto a los que habita el ser humano.





El segundo elemento son las gentes: Unamuno nos lleva por unos pueblos hundidos en la miseria, cuyos habitantes apenas tienen para comer. "Han hecho", escribe, "por sí, sin ayuda, aislados, abandonados de la Humanidad y de la Naturaleza, cuanto se puede hacer".  De quienes viven en Las Erías dice: "Sus misérrimos moradores son, en su mayoría, enanos, cretinos y con bocio". Y en Horcajo, sus hombres son "entecos, esmirriados, raquíticos", aunque, en contraste, se ven "recios mocetones quemados del sol, ágiles y fuertes, y junto a pobres mujerucas,  prematuramente decrépitas, encuéntranse muy garridas y guapas mozas". Esas descripciones, objetivas y duras, se tiñen por la solidaridad y la confianza en sus capacidades y empeños, en su defensa de la dignidad propia. Los hurdanos, según Unamuno, "prefieren malvivir, penar, arrastrar  una mala existencia en lo que es suyo, antes de bandearse más a sus anchas teniendo que depender de un amo". Luchan con la naturaleza, la hacen suya, son seres renegridos y delgados en extremo. Para él son gente noble e inteligente. Incluso, sale al paso de terribles afirmaciones de la época: "eso de que ladren, o poco menos, es una patraña. Hablan castellano y lo hablan muy bien".

De aquellos habitantes de la pobreza (niños de rostros oscuros, hombres envejecidos prematuramente, cabras enanas… ) y de la cara oculta de la España de entonces, a los que algunos "bienpensantes" de la época calificaban de "salvajes",  dirá don Miguel:  "¡Pobres hurdanos! Pero… ¿salvajes?  Todo menos  salvajes. (…). Son, sí, uno de los honores de nuestra patria".

Años después, Alfonso XIII viajaría a Las Hurdes acompañado de Gregorio Marañón, que escribiría un interesante libro acerca del viaje. Sin embargo, al monarca se le adelantaron otros. Especialmente,  Miguel de Unamuno. Vendrían más escritores. Con otras miradas y en otro tiempo. Pero esa es otra historia.