Eco-Viajes

Matanza en Ríofrío de Ávila
Matanza en Ríofrío de Ávila
En un paseo por la "feria de los libros", José Martínez Ruiz, Azorín, encuentra un viejo volumen firmado por un autor desconocido: Jacinto Bejarano Galavis. Al abrirlo y al leer sus páginas se ve inmerso en un viaje a un siglo anterior (el XVIII) y a un pueblo próximo a Ávila, pero remoto: Riofrío. Una espléndida experiencia viajera.

"En el otoño se celebra en Madrid la feria de los libros. En el otoño... han pasado los días ardientes del verano. Ha quedado un cielo azul -un poco pálido- y un ambiente gratamente fresco. Los higos comienzan a amarillear. Se recogen las frutas que en las anchas cámaras campesinas, allá en los pueblos, allá en las llanuras y montañas, han de esperar el invierno colgadas con vencejos de largas cañas colocadas en blandos lechos de paja".

 

Así inicia Azorín una pequeña joya literaria hoy inexplicablemente descatalogada y sólo encontrable en las librerías de viejo (o por Internet). El libro es, sin ninguna duda, un libro viajero. Su título, evocador: Un pueblecito. Riofrío de Ávila. Azorín, el escritor de palabra nítida, frase contenida e indagación en el alma del paisaje, nos invita a viajar en y con él. Es un viaje peculiar,  puesto que se inicia en la feria del libro viejo (supongo que se refiere a la Cuesta de Moyano) de Madrid, en otoño, y culmina en un pueblecito cercano a la ciudad de Ávila, Riofrío, gracias a una suerte de incunable de título extenso e irreproducible que encuentra en uno de sus tenderetes y del que es autor un tal Jacinto Bejarano Galavis y Nidos. El incunable es, de por sí, un viaje. Aunque el título es duro de pelar, sí reproduzco un par de frases que nos pone en ambiente y que podéis leer en la portada que reproduzco del original: "Se tienen los coloquios al fuego de la chimenea en las noches de invierno. Los interlocutores son el cura, cirujano, sacristán, procurador y el tío Cacharro". Se trata de un cúmulo de reflexiones, evocaciones, recorridos, descripciones de ambientes y de experiencias realizados por el referido Bejarano Galavis con el citado pueblo como protagonista.

 

 

 

Los títulos de algunos de los apartados y capítulos nos ilustran respecto al contenido: "Entre montañas", "Lejos del mundo"; "Las estaciones del año"; "Pastores y labradores", "Las mulas", "Estampas finas"... Es decir, una visita por una realidad pequeña, próxima y, a la vez y tal y como reza en el título de uno de los apartados, lejos del mundo. El incunable está impreso, según nos cuenta Azorín, en 1791, lo que al aliciente que supone meternos en las largas conversaciones frente al fuego de la chimenea sobre la vida cotidiana del pueblecito, aporta un factor complementario: la realidad cotidiana no es la de principios del siglo XX (el presente de la obra de Azorín es, sin embargo, de 1916), sino la de finales del siglo XVIII. ·Entre reflexiones sobre Blanchard, Rousseau, Merimé, Juan Valera o Nietzschze, el escritor de Monóvar nos va conduciendo por sus viejas páginas como si fuéramos caminantes que respiramos las calles del pueblo, nos detenemos ante sus animales, compartimos con cirujano, cura y demás notables de la localidad, la conversación frente al fuego, salimos a hablar con pastores y labradores y establecemos una inevitable comparación entre la vida allí , sumida en el mundo rural, y el mundo urbano: no ya el que vivía Azorín a principios del siglo pasado, sino el que vivimos hoy, en la segunda década del siglo XXI. El río, la iglesia, la sabiduría innata e intuitiva de los lugareños, las mulas, los toros, la nieve y la lluvia son aspectos de esa realidad que Bajarano Galavís no pasa por alto y que Azorín recrea con devoción y destreza (ese lenguaje de frase corta e incisiva en el que los objetos y paisajes se huelen y se tocan): "Las estaciones del año en Riofrío no son lo mismo que en París o en Madrid.", escribe, y se pregunta: "¿Hay estaciones del año en las grandes ciudades?". Y su pregunta no es vana: la proximidad hombre y naturaleza que se da un pueblo como Riofrío no nos permite experimentarlas en toda su profundidad.

 

 

Un maravilloso libro (que desde hace 31 años está pidiendo una nueva edición) y un maravilloso viaje cuyo comienzo podemos imaginar en las siguientes palabras del alicantino: "Nuestro autor", se refiere a Jacinto Bejarano, "ahora en estos días en que escribe su obra, se halla en un pueblecito, casi una aldea, de la tierra de Ávila. Se halla el pueblecito en lo hondo de un barranco y el sol apenas traspasa las altas montañas y desliza sus luces hasta la techumbre de las casas". El final está en el epílogo, estructurado muy al estilo de determinados pasajes de su libro Castilla, . que divide en dos apartados: el primero, fechado en 1789, al despedirse de Bejarano y del pueblo: "No tiene más consuelo que la lectura y sus paseos solitarios por el campo; charlas también con los labriegos"; el segundo, en 1916, momento en el que el narrador recapitula sobre el libro leído y sobre el que él mismo da por terminado: "En distintas ocasiones, mientras redactábamos estas páginas, hemos estado a punto de hacer el viaje a Riofrío de Ávila. No quedará ya en aquel pueblecito ni rastro de Bejarano Galavis... (...) El viaje se ha quedado sin hacer. Pero con la imaginación hemos corrido de Madrid a Ávila y de Ávila a Reiofrío. Con la imaginación hemos entrado en la vieja ciudad; luego nos hemos aposentado en la fondita que está delante de la catedral...". Escritor y lector han viajado, es verdad, con la imaginación. Pero... ¿hubiera sido posible ese viaje sin las palabras de Bejarano en el libro encontrado en la feria del libro viejo? ¿Y sin las de Azorín al escribir Un pueblecito. Riofrío de Ávila? Por supuesto que no. Pues eso: nunca tuvo más sentido el título genérico de este blog. ¿Es o no así?