Eco-Viajes

Abel Hernández, autor de un maravilloso blog literario titulado "El canto del cuco", nos lleva, de la mano de viejas historias de un mundo rural desaparecido, a las tierras altas de Soria, a Sarnago y a la comarca de la Alcarama, territorios en los que fue niño y que la llamada civilización casi ha abandonado.

"Había una vez un pueblo situado entre montes en un lugar privilegiado, desde el que se dominaban veinte kilómetros a la redonda." Así inicia Abel Hernández el libro Historias de la Alcarama. Sus palabras nos invitan y nos incitan a acompañarlo en un viaje maravilloso y algo triste: un viaje en el espacio, por las casi deshabitadas tierras altas de Soria, en la llamada sierra de la Alcarama, lugar donde dormita Sarnago, el pueblo deshabitado en el que Hernández nació y vivió infancia y primera adolescencia. Ese viaje hacia aquellas tierras tiene como complemento imprescindible el retorno a otros tiempos. Al tiempo en que el pueblo tuvo vida. En que la escuela, la iglesia, las eras, los graneros, la plaza, el ayuntamiento, las huertas, los establos y las casas eran los lugares en los que sus habitantes se ganaban la vida, soñaban, se educaban, construían sus sueños. Abel Hernández, periodista político que tuvo un protagonismo de primer orden en los años de la transición, se ha añadido en los últimos años a los escritores viajeros, a esa estirpe de narradores que han optado por (re) descubrir esos escenarios que se ocultan en regiones casi despobladas, entre montañas que fueron a veces protección y a veces barrera, obstáculo, refugio frente las amenazas. También ha enriquecido el panorama de Internet con un imprescindible blog, El canto del cuco, que recomiendo con fervor.





Viajamos con Hernández a la civilización rural, a un modo de vida desaparecido. Dejamos atrás Soria y enfilamos por una de las carreteras que van al norte, a tierras de la Rioja, para perdernos en  carreteras secundarias que nos internan en el vértice nordeste de la provincia. Allí está Sarnago, allí se alzan las suaves lomas de la sierra, allí huele a hierbas silvestres, a ganado, a paja. Ése es el viaje físico, medible en kilómetros y en altitud. Pero el que nos interesa es el viaje con la imaginación, el viaje a escenarios que ya no existen o que han mutado profundamente: la casa donde Abel nació, con el balcón que daba a la plaza: "En la plaza olía siempre a pan", escribe. Y nos cuenta algo que nos estremece: "Lleva tanto tiempo cerrada que da miedo abrir el portón descolorido amarrado con cordeles". Pero el escritor la abre y al abrirla se reencuentra con viejísimas experiencias: el horno donde se cocía el pan, la cuadra, el pajar, la cocina, los dormitorios, el desván o "somero", así descrito: "Era el tesoro de la casa. Sobre el dorado montón de trigo se ponían a madurar las manzanas y las maguillas de la dehesa. Ahora, como ves, ni siquiera cantan pájaros en el tejado".





Esa visita a la casa es el comienzo de un itinerario mágico y doloroso a la vez (mágico porque lo construye la palabra, doloroso porque habla de una "civilización" desaparecida): volvemos a lo que antaño era el día de difuntos, a la barbería hoy inexistente, a la escuela (que Hernández recuerda, en su infancia de posguerra, depurada "de maestros liberales"), a las historias contadas al calor de la lumbre en largas noches invernales ("El invierno envolvía el pueblo como un sudario blanco. Los seres humanos y los animales quedaban recluidos en las casas. Sólo los penachos de humo de las chimeneas daban señal de que allí había vida") y recobramos, gracias a la literatura, la matanza, el lenguaje de las campanas, que regía los ritmos de la vida colectiva, la Semana Santa, que "era un tiempo de silencio (…) no había baile, los hombres no acudían a la taberna (…), nadie cantaba por los campos ni por los caminos", el esquilado de las ovejas, la fiesta, la caza, la llegada de buhoneros y mercachifles….  El viaje de Historias de la Alcarama nos envuelve y cautiva, nos emociona y nos hace recordar tiempos vividos o soñados.





Alrededor de Sarnago, en la comarca de la Alcarama hay otros pueblos, aldeas hoy abandonadas que han pasado a ser dominio del matorral, de los cardos, de la enredadera silvestre y el espino. Son ruinas, la muestra de un mundo abandonado que es preciso recuperar: Matasejún, Valdelavilla, Buimanco, Fuentebella… En todos ellos vivió gente. A todos los que se fueron, los que milagrosamente viven en la zona y a los que vuelven, les brinda este libro la oportunidad del retorno. Con la imaginación. Con la letra y la palabra que viaja e ilumina. Ni más ni menos.